jueves, 13 de agosto de 2009

Oda a la Protectora.

Los pensamientos se funden una y otra vez en descarnados sonetos de amor. Tantos, que son absolutamente suficientes para no dejarme dormir, para tatuar en mi piel las marcas de tu ausencia.

Parece tan exagerada dicha afirmación, pero mentiria si afirmara que mi mente está preparada para el descanso. Por ello me dejo encandilar por el falso crepúsculo que provoca la niebla nocturna cuando se funde con el brillo urbano. Y extrañamente me siento bien, me siento lleno. Dicha sensación parece ser familiar.

¿Será que tú influjo se confunde entre el dia y la noche? ¿Será que me aplastas entre la dicha floreciente del amor y la fría pared de la incertidumbre?. Por gracia del destino, soy tan poderoso que he sabido detener el tiempo, pero mis brazos poco a poco ceden y se preguntan, no sé si ansiosos o desesperados: ¿Debo violar, una por una, cada ley de la física para retroceder la rotación? ¿O debo simplemente sentarme a ver el amanecer?, ¿O debo llorar hasta que ni siquiera pueda distinguir las manos que sujeten mi pañuelo?.

Algo me dice que necesito sentir el calor matutino en mi curtido rostro, para aplacar toda miasma que aún emane de mi ser.
Algo me dice que quiero tener la suficiente fuerza para hacer que sólo protejas mi alma, y la de ninguno más.

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